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Regreso a Camagüey, Cuba

Un cubano regresa a su pueblo natal tras 36 años de ausencia y se encuentra con el laberíntico pasado de su urbe. 

-Por José Grave de Peralta

Siempre he sentido un atractivo especial por la mitología, especialmente por las historias sobre el Minotauro y el Laberinto de Creta. Pues bien, en el primer viaje a mi natal Camagüey, Cuba, en 36 años, finalmente pude encontrar el origen de mis obsesiones mitológicas.
Por una parte, descubrí que las calles adoquinadas de Camagüey serpentean por entre las plazas como los pasajes de un laberinto. Sin embargo, para salir de un laberinto hace falta un hilo de Ariadna. Y en el caso de mi laberíntico Camagüey, probablemente todavía estuviera perdido allí ¾ al menos mentalmente¾ si mi madre, quien me acompañó, hubiera callado.
Un momento, creo que me estoy adelantando a los acontecimientos. Primero, un poco de historia. La escritora británica de viajes Sarah Cameron dice en su guía sobre Cuba, (Chicago, Illinois.: Passport Books, 1998) que el enrevesado diseño vial de mi pueblo natal fue una estrategia de los primeros camagüeyanos para evitar la entrada de los piratas. De alguna manera, la técnica resistió el paso del tiempo en esta ciudad de 350.000 habitantes tan dada a la tradición, porque las calles más centrales de Camagüey no siguen un patrón lógico de diseño vertical y horizontal. Cameron y otros historiadores nos dicen que las familias que fundaron Camagüey en realidad dieron esos giros de laberinto a sus calles como respuesta a la amenaza de los piratas durante los primeros días del colonialismo español.
Primero, mudaron el pueblo de su ubicación original junto al mar en la costa norte de la región ¾ cerca del hoy Puerto de Nuevitas¾ a su aislada posición en el corazón de la provincia. Entonces, cuando los bucaneros como Henry Morgan y François Gramont lograron encontrar la forma de reanudar sus ataque sobre el nuevo asentamiento ¾ esta vez con fuego, y Morgan redujo la ciudad a cenizas en 1668¾ los pobladores diseñaron un sistema laberíntico de calles para proteger el oro, el azúcar y los cueros que los bucaneros trataban de arrebatarles.
El Camagüey de hoy se parece mucho al que vio Henry Morgan hace 300 años. Perdidas en la suave y dorada brisa del amanecer, las campanas de La Soledad todavía llaman a los fieles a las seis para celebrar la eucaristía. Esta iglesia es una de varias en la ciudad que comenzaron a construirse a finales del siglo XVII. Mientras repican ahora las campanas, desde el panorámico comedor del Gran Hotel, en el octavo piso, la ciudad se parece más a la Vieja Castilla que una región del Caribe, más a Salamanca y a Valladolid que a un pueblo del interior de Cuba. Al igual que en sus hermanas europeas, casi todos los edificios son bajos.


Es gracioso, pensé mientras visitaba la ciudad recientemente, cómo el tiempo parece proteger a la vieja ciudad de los piratas, incluso ahora. Sarah Cameron califica a Camagüey de “una joya colonial [que] no debe perderse” cuando se visite Cuba. De manera similar, Eusebio Leal Spengler, historiador de La Habana, alega en el prefacio de Living in Cuba, de McBride y Black (London: Scriptum, 1998) que Camagüey se asientan muchos de los edificios históricos de la isla, sólo superados por la impresionante colección de la ciudad capital. Todo esto es cierto, y de cierta forma la arquitectura del lugar me confirmó lo que siempre había escuchado de mis mayores sobre el orgullo camagüeyano. En Camagüey se inventó la “attitude.”
Además, en las palabras de Oscar Wilde, la vida imita al arte. El arte lo es todo. Y sí, querido Oscar, Camagüey tuvo su época de oro. Epoca en que los camagüeyanos prósperos deben haber organizado intencionalmente su ciudad según las formas estéticas que seguramente darían sostén a las generaciones, en el buen sentido de estas palabras. Porque en estas hermosas avenidas, desfiles microcósmicos de los estilos belle epoque, grecorromano e incluso art nouveau, veo las intenciones de lo que intentaban los creadores de la ciudad ¾ no mantener alejados a los invasores¾ sino mantener allí a su propia gente. No por casualidad los primos tenían a bien casarse con primos en este paraíso provinciano, como confirman las historias de mi propia familia. En esta sociedad cerrada y reservada no había necesidad de buscar la belleza más allá de las piedras de su propia ciudad. Esta suerte de amor por el patio propio, por decirlo de alguna forma, particularmente en estos tiempos de conciencia global y módulos arquitectónicos preconstruidos, es otra de las características más sobresalientes y cautivadoras de Camagüey.
La historia y las leyendas locales también son parte de los muchos tesoros de la ciudad. Ignacio Agramonte y muchos otros rebeldes locales que combatieron contra los españoles en el siglo XIX todavía brillan aquí, gracias a sus actos de valor intemporales. A la gente del pueblo, de hecho, les gusta hablar de la vida amorosa de Agramonte y comparan las cartas que escribió a su amada Amalia, mientras combatía a los colonizadores lejos de ella, con no menos que el epistolario de Napoleón con Josefina.
Otra figura de talla mundial que Camagüey acunó en sus calles fue el Dr. Carlos J. Finlay, un científico que identificó en 1989 al mosquito aedes Aegypti como el transmisor de la fiebre amarilla. Graduado del prestigioso Jefferson College de Filadelfia, sostuvo una dura y prolongada batalla con la comunidad científica de sus días, tanto la cubana como la estadounidense, sobre su importante descubrimiento. Y es triste que el visitante que llega hoy a su pueblo natal sólo encuentra una modesta placa de bronce en su lugar de nacimiento, junto a una puerta en un callejón que lleva su nombre cerca de la Iglesia de La Soledad.
El visitante de hoy seguramente escuchará otros nombres, como el la valerosa Dolores Rondón y el Padre Valencia, un precursor de la Madre Teresa que dedicó su vida a ayudar a los leprosos de la ciudad en los primeros años del siglo XIX. Es interesante visitar la Iglesia de San Lázaro —fundada por Valencia en calidad de capilla, ermita y cementerio en 1815, para ayudar a los leprosos¾ y escuchar la historia de cómo un aura blanca (un buitre albino) se apareció en la colonia después de la muerte del Padre Valencia y ayudó a pagar las cuentas de su fundación, que de otra manera hubiera caído en la ruina. Camagüey está llena de éstas y otras leyendas.
Vista de cerca, Cuba, y especialmente Camagüey, están muy lejos de la perfección que cuentan las leyendas. Muchos edificios han perdido secciones completas de sus famosos techos de tejas rojas. La mayoría de las fachadas también muestran señales del descuido de varias décadas de escasez y del éxodo de la mayor parte de la clase profesional de la ciudad.
A un nivel más profundo, los camagüeyanos de hoy describen su diario vivir con una frase que lo abarca todo: “No es fácil”. En otras palabras, la vida diaria en el Camagüey de hoy es también un laberinto, dado su economía dual del peso y del dólar y la pesadilla de la escasez de productos básicos como leche y jabón en el mercado en pesos cubanos.
En Miami, los “expertos” mencionan esta situación desde los más variados ángulos, que van desde el más emocional hasta el sociopolíticamente razonable, y estas voces probablemente desalentarían a cualquiera de aventurarse en Cuba a menos que sea absolutamente necesario. No me cabe duda que yo estaba al tanto de esta parte del “laberinto” durante mi viaje.
Pero aquí está la paradoja, donde Camagüey repentinamente desafía a las mejores voces de la razón y comienza a alentarlo a uno ir, a entrar. La gente es apasionadamente hospitalaria, y uno siente la bienvenida en el aire tan pronto como baja del avión. Estoy seguro de que usted rara vez ha visto unos ojos tan negros, profundos y penetrantes seguirlo con un guiño imperceptible en cualquier Aduana de las Américas. Uno se siente en casa, de una manera secreta, familiar y casi encubierta.
Cuando la gente se entera que uno viene de Estados Unidos, los ojos le brillan. Como me dijo casi susurrando un militar en el aeropuerto la noche que llegué: “Todos tenemos familia allí [en Estados Unidos]. Somos un solo pueblo. Esto . . .”, hizo una pausa momentánea, refiriéndose a la división del pueblo cubano, “¡esto tiene que parar!” Su rostro se tornó de un rojo humano dentro de su verde uniforme del Ministerio del Interior mientras pronunciaba estas palabras de un tirón. Y esas palabras me golpearon esa noche, especialmente considerando la fuente.
De hecho, todavía las llevaba conmigo la tarde siguiente cuando le pedí a mi madre que me mostrara la viaja casa familiar donde ella y sus hermanos y una hermana habían crecido medio siglo antes. En ese punto del viaje, creo que ambos nos sentíamos abrumados por las emociones.
Mientras mi madre y yo pasábamos de una oscura habitación a la otra en una casa por lo demás común y corriente, donde sus abuelos paternos habían vivido, de repente ella se detuvo y me dijo directamente: “Tu bisabuelo, Don Paco, exhaló su último suspiro en esta habitación”.
Yo podía sentir el peso de las palabras de mi madre. Durante un instante, sus palabras parecían flotar en aire de la oscura y vieja recámara, cerca de la pared más cercana a la calle. Y esas palabras tenían algo tan real como la hospitalidad que había sentido la noche anterior al llegar al aeropuerto. Y se me ocurrió si ese último suspiro de mi bisabuelo Paco todavía flotaba en el aire para que yo lo respirara.
Sé que suena demasiado místico para nuestros oídos modernos esta idea de la presencia familiar a pesar del paso del tiempo. Sin embargo, no tengo otra forma de describir lo que encontré cuando regresé a Cuba. Esto fue el centro de todo, este “suspiro” de un viejo ancestro, que de alguna manera me señalaba un vínculo entre la coherente arquitectura urbana y mi propio espacio interior. Sí, la frase tiene que ver con lo efímero, y brotó de la imaginación poética y emotiva de mi madre, quizás no muy diferente de la frase rebelde del militar la noche anterior. Pero estoy seguro de que había algo real en ese último suspiro de un anciano al que nunca conocí, y podía sentirlo en esa misteriosa habitación.
Y aunque no pueda probar su existencia más allá de mi descripción, me doy cuenta de que con sólo escribir del último suspiro de mi bisabuelo, y de la ráfaga de palabras del militar en el aeropuerto la noche anterior, he llegado al centro de lo que quería decir en este ensayo sobre el laberinto, y de los tesoros reales y familiares de Cuba.
José F. Grave de Peralta es traductor de la agencia de noticias española EFE y ha dictado conferencias de Inglés en la Universidad de Miami.